El mar

Faro y Roques de Anaga

Faro y Roques de Anaga

¿Qué hacen tantos artistas en París, esforzándose vanamente ante cuadros pintados por encargo? Que vengan a contemplar esta escarpada costa, recortada por pequeños caletones, erizada de arrecifes, accidentada por acantilados en los que truena la ola y se deshace en un eco prolongado.

Sabino Berthelot, naturalista y diplomático francés
(Primer tercio del siglo XIX)

En aquellos tiempos, hace hoy dos siglos, eran pocos los visitantes de otras latitudes que se aventuraban a salir de las rutas convencionales. Sin embargo, los que, animados por una suerte de espíritu explorador, se atrevían a hacerlo, quedaban fascinados ante el espectáculo que se desplegaba ante sus ojos.

Como hoy en día, porque Anaga es montaña vestida de los colores azul y blanco del mar rompiente. Quizá lo que más atrapa es la visión de los dos “guardianes del litoral tinerfeño” (como cantaban Los Sabandeños): los Roques de Anaga, con sus orgullosas figuras siempre presentes, emergiendo del mar como pequeños islotes. O la inmensa cantidad de pequeños bajíos, veriles y roques que salpican el litoral; testigos, como los gigantescos acantilados, del implacable retroceso de la costa, que desde antes de las glaciaciones del Cuaternario pierde terreno, de forma irreversible e inapreciable a ojos de los seres humanos, ante los embates del mar bravío.

Quizá lo que destaque sea la figura elegante del Faro de Anaga, el primero que entró en servicio en Canarias, asentado sobre los farallones que custodian la ensenada del Roque Bermejo. O las playas de negra arena que aparecen aquí y allá, bellas y salvajes. Fueron la puerta de salida de las falúas y los barriles de rico malvasía en el pasado. Y son el paraíso de surfistas, fotógrafos y degustadores de buen pescado en el presente. O los dragos que, mirando al mar, se acantonan en las escarpadas paredes del impresionante Roque de las Ánimas: referente de los escaladores, símbolo para los primitivos habitantes del macizo y, con frecuencia, tumba para los orchilleros que se jugaban sus vidas en la recolección del afamado liquen de la púrpura. O todo a la vez.

Ultra Trail del Nordeste 2016 / © Airam González

Ultra Trail del Nordeste 2016 / © Airam González

O, quizá, el peso de la historia de los naufragios de los navíos que, como el vapor francés Flachat, reposan para siempre en los fondos de Anaga. Sorprendidos, como los participantes de la Ultra del Nordeste, por una costa tan hermosa como indómita.