Rebaños de cabras en Anaga

Los rebaños de cabras se asoman a menudo a los paisajes del Parque Rural

Anaga es un territorio difícil. Su accidentado relieve, a la par que bello, es un serio obstáculo al asentamiento humano. Obligados a vencer a una orografía abrupta, sus habitantes se las arreglaron para habilitar terrenos cultivables en escarpes inverosímiles. Instalaron conducciones de agua para hacer llegar el preciado líquido hasta las zonas bajas, bordeando inmensos farallones. Recolectaron orchilla encaramados a los riscos, bajaron “a regatón muerto” para recuperar sus cabras aisladas en los andenes y precipicios y vaciaron enormes bolos de tosca para la construcción de lagares. Vigilaron y protegieron la isla de ataques piráticos, desde las atalayas de Tejina, Igueste, Tafada y la Mesa del Sabinal.

Plantaron caña y viña, pencas para la producción de cochinilla, y frutales y hortalizas de todas las clases posibles. Estos cultivos se adaptaron a una enorme diversidad climática que, causada por la ganancia de altitud en poco espacio, dieron lugar una gran profusión de variedades genéticas, algunas exclusivas de Anaga.

Pescaron y mariscaron en la mar bravía. Almacenaron caldos en la costa. Trabajaron el lino, extrajeron y produjeron leña y carbón, fabricaron colmenas y cestas con las palmas y los dragos. Elaboraron muebles con el viñátigo, el palo blanco y el barbusano. Casi todo lo obtenían en el interior del macizo, pero también se desplazaban para intercambiar sus productos a la Ciudad –como llamaban desde el siglo XVI a la Villa de San Cristóbal de La Laguna– y a Santa Cruz. El vino de Taganana, las hortalizas y frutas de Las Montañas, o las batatas de Benijo, tenían renombre en los mercados urbanos.

 


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Sin embargo, la comunicación era difícil en este territorio agreste surcado por profundos barrancos. Se habitaron con preferencia los estrechos valles (como Taganana, San Andrés, e Igueste) y los lomos (como Taborno, La Cumbrilla, Lomo de las Bodegas, Las Carboneras y Las Casillas). Pero unos y otros están separados por grandes desniveles. Para salvarlos, construyeron caminos que ascienden a las cumbres por cantiles cortados a pico, crestean o se lanzan por profundos barrancos hacia la costa, generando una densa red que conecta cada lomo, cada cresta, cada risco. Porque en cada punto había un recurso que era necesario para subsistir.

Esa malla de caminos constituye un legado patrimonial precioso, que es la base sobre la que se construye la Ultra del Nordeste. También lo es la enorme cantidad de elementos de valor cultural, etnográfico, antropológico, y arqueológico que salpica cada rincón de Anaga y dan carácter y personalidad a un paisaje único. El resultado de la compleja y estrecha relación entre el macizo y sus habitantes a lo largo del tiempo.